A veces te despiertas con ganas de compartir todo lo que te pasa con los demás y crees que nada podrá impedírtelo. Buscas a un familiar, un amigo, un simple conocido o cualquier persona con la que puedas compartir lo que te pasa. Pero cuando tienes a alguien que te escuche, te echas atrás.
Empiezas pensar que no es el momento... dudas de todo, las palabras forman un nudo en la garganta hasta que te vuelves incapaz de articular una sola palabra, te pones nerviosa, las manos te empiezan a temblar... te vuelves cobarde.
Cuando por fin estas sola, crees que has echo bien en no contarlo. Pero después de un tiempo empiezas a sentirte mal... no puedes callarlo más. En ese instante lo primero que se te ocurre es coger aquel papel viejo guardado en el fondo del ultimo cajón y ese lápiz roto con la punta mordida... para así escribir todo, todo lo que no pudiste contar a esa persona.
Sabes que nadie va a leer esa carta, por lo menos por ahora. La guardas en esa cajita de madera pequeña en la que ya ni siquiera se puede ver el dibujo, llena de hojas viejas, rotas y manchadas. Porque allí es donde van todas las cosas que quieres que se sepan, pero no en este momento, no mientras seas una cobarde. Al cerrar esa cajita notas un inmenso alivio... porque has expresado lo que te pasa sin decir ni una sola palabra.
Algún día... esas hojas de papel te recordaran todo lo que viviste y lo valiente que fuiste. Algún día diras... tengo algo para contar.
A veces no se es cobarde por no decir las cosas, sino que se tiene la madurez necesaria para largarlas en el momento que uno cree apropiado. Es bueno guardar las palabras en una caja y dejarlas volar cuando más lo necesites. Muy lindo Gertru, un besote enorme!!! Hugo Accardi
ResponderEliminar